Ensayo contemplativo

Por si acaso muera hoy

Raúl Aramayo Salinas

Hay una hora, más o menos las tres de la mañana, en que el mundo se queda sin testigos.

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Solía despertar sin motivo, con una piedra apoyada sobre el pecho, mientras la casa entera seguía durmiendo como si nada ocurriera. Escribí este libro dentro de esa hora. Después lo terminé en un solo día, el último, tomándome en serio la posibilidad de que lo fuera, y lo dejé transcurrir sin prisa, del amanecer a la medianoche, como quien mira caer la luz despacio sobre una pared.

En algún punto del recorrido pasó algo simple y difícil de contar. El miedo, que parecía dueño de la casa, resultó tener contornos, un peso exacto, una temperatura. Detrás, mirándolo, había algo que no temblaba. No supe bien cómo nombrarlo, y por eso escribí un libro entero en lugar de un párrafo. Si entras aquí, al final te pediré una sola cosa: que vuelvas a la primera página. Las palabras serán las mismas. El que las lee, no.